domingo, mayo 09, 2004

8ª Parte

Te dio por fotografiar la figura de Marylin Monroe a contra luz para retratar su silueta, esas faldas volando y esas piernas semiflexionadas que parecían querer evitar que el aire se colara por el interior de su cuerpo.
Cuando estabas en medio del proceso, colocando la figurita y poniéndote en el lugar preciso para apretar el botón y que se disparara la foto, ajustando el trípode para que tuviera la posición adecuada y subiéndote algo los pantalones desmontables para agacharte con más facilidad, apareció la novia de tu amigo y se quedó apoyada en el marco de la puerta.
El sol que hasta ahora enfocaba a la belleza del cine, dirigió entonces su mirada hacia Marisa, dibujando su figura con una fina luz amarilla que hacía que sus curvas se marcaran lentamente. Yo la observé de reojo mientras intentaba seguir atento a mi trabajo, en la misma pose, con el culo un poco para fuera y las piernas en tensión... hasta que ella, se acercó sigilosamente para preguntarme qué hacía. Lo dijo susurrándome al oído y su aliento cálido hizo que se me erizaran todos lo pelos de la piel, no quedó ni uno impasible frente a la brisa que se había introducido por mi oreja.
Yo, también en voz baja y girando lentamente mi cabeza hacia la suya que había quedado a la altura de la cámara, le respondí que fotografiando a Marylin Monroe. Se comenzó a reír como si fuera una niña pequeña, allí agachada, con una camiseta que le servía de camisón y unos pantalones piratas, no dejaba que su boca se cerrara sino que con los labios completamente abiertos y los ojos cerrados, soltaba unas carcajadas tan grandes que parecía que hacía tiempo que no disfrutaba de ese placer.
Yo, perplejo, mirándola, no pude más que decir...
- ¿Te parece una tontería?
- No, me encanta.
- Ah...¿si?
- Sí
- Entonces...¿De qué te ríes?
- No sé, me parece genial que fotografíes eso, no se me había ocurrido nunca y mira que llevo tiempo con ese arte.
- ¿A ti también te gusta?
- Me encanta. Sobre todo fotografiar atardeceres.
- Si, son preciosos.
- Sí.

Me quedé mirándola, la luz anaranjada de la puesta de sol acariciaba su cara y estaba preciosa. Ahí en el sillón acurrucada y con la barbilla entre las rodillas... daban ganas de comérsela entera, de besarla, de acariciar sus mejillas... Pero no. No podía, no debía pensar en eso. Era la novia de mi amigo y yo no tenía el derecho de pensar así en ella, de querer poseerla... si no tranquilizaba las cosas no irían bien.
Ella también me miraba, parecía leer mi mente, como lo hacía Ana; hacía que yo notara como las palabras salían por mis ojos y ella conociera en cada segundo qué era lo que pensaba. Retiré la mirada temeroso y quizás también un poco avergonzado; ella, que se había percatado de la situación, se levantó lentamente, le crujieron las rodillas y dándome un beso en la mejilla desapareció por la puerta...

Continuará...
Si no queda satisfecho no le devolvemos su paciencia.Gracias